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Tomar posición: ni tan lento ni tan rápido

Iván Insunza escribe en Hiedra para criticar la demora para tomar posición en los procedimientos y materiales y el exceso y rapidez de toma de posición como sentido común ¿Cuándo tomar posición y sobre qué?

 

“A veces, cuando el público queda perplejo ante el resultado, no es porque la obra carezca de un sentido que deba captarse, sino porque el artista no atinó a encontrar la forma o la configuración adecuada”

Catherine Millet, El Arte Contemporáneo

 

Ni tal lento

Me propongo señalar un problema que podría permitir interrogar las prácticas artísticas en general y el teatro en particular. Se trataría por un lado de mirar críticamente la falta de toma de posición y por otro, la rapidez con que se toma posición en tanto sentido común.

Si adscribimos a la idea de que, de un modo u otro, el espacio del arte es un lugar de suspensión de las lógicas que operan en el ámbito de la realidad (cotidiana, institucional, legal), lo primero que podríamos demandarle al arte es no ser “más de lo mismo”. Es decir, que el arte y el teatro no sean, en términos de Brecht, un espejo que refleja la realidad. Lo digo no sólo en tanto lenguajes sino, y sobre todo, en el sentido de no reproducir los lugares de enunciación de una producción cultural global y, por lo tanto, no contribuir simplemente a la circulación transparente de determinado material.

Pensemos por ejemplo en el uso de la tecnología. Por un lado, sus usos pueden corresponder a necesidades homologables a las que en otros ámbitos se detonan. La tecnología, en ese sentido, puede implicar eficacia, optimización o simple solución a problemas técnicos. Sin embargo, es inevitable que esos usos comporten esa eficacia, sentido e historia de donde fueron extraídos los materiales y, por lo tanto, el imperativo del arte de ser “algo más” se vuelve central.

La toma de posición respecto de la tecnología, así como de todo material que constituye la obra, sería una demanda que considero capital para pensar tanto la autonomía del arte como la posibilidad de vincularse rompiendo esa autonomía. La apropiación de ciertos aparatos expositivos, en principio no propiamente teatrales, implica la urgencia de tomar posición para no caer en una parodia que descansa en el vacío, en el fetiche o, en definitiva, en el descompromiso con la época.

Esta demanda, que postulo ocurre con todo material, se hace aún más evidente si se recurre, por ejemplo, al uso de archivos. Una determinada fotografía, video, audio, etc., que se ha “viralizado” en internet, no puede ingresar como un eslabón más de esa viralización. Por supuesto no digo que la dramaturgia deba juzgar el material en sí, sino a partir de su articulación generar esa toma de posición. En caso contrario, ganamos el efecto del material “original” al mismo tiempo que contribuimos a su banalización.

En ese sentido, pienso que en algunos casos la toma de posición se demora y demora y no llega. Haciendo pasar por toma de posición una operación irreflexiva que puede articular con mayor o menor eficacia determinado material, sin llegar a interrogarlo. Sin embargo, existe una falsa toma de posición que se apura y se apura, llega demasiado rápido, sobre todo a nivel temático.

Ni tan rápido

El vínculo entre teatro y contingencia parece ser un fenómeno muy propio de nuestra época, sin embargo señalaría que lo que es propio de nuestra época es más bien la velocidad en ese vínculo. El teatro siempre se ha caracterizado por revisar aquellas cuestiones que marcan la historia, pero lo que propongo aquí es que esa toma de posición llegaba con cierta distancia temporal que permitía mirar en perspectiva y luego de cierta reflexión esa correspondencia.

Por ejemplo, hoy es claro que las obras basadas en noticias llegan casi en simultáneo que la propia noticia. Es que el imperativo del sentido común obliga a tener opinión respecto a cualquier asunto, a mayor rapidez, mayor consecuencia o integridad política, se piensa. La pérdida sería, inevitablemente, la reflexión.

El filósofo Gilles Deleuze señaló que no le gustaba dar entrevistas pues no concebía responder a una pregunta sin pensar antes reposadamente la respuesta. Ese reposo podría pensarse como parte constitutiva de la crítica y la reflexión en general. Como artistas nos apuramos para que la obra de cuenta de una opinión y como espectadores salimos de la función y ya queremos sancionar si nos gustó o no y si fallaba la dramaturgia, la dirección o la actuación.

El artista se apura instalando la moraleja, el espectador el juicio. Por ejemplo, una obra que desde la perspectiva de la dirección, la dramaturgia y las actuaciones funciona impecable, a mi parecer, es Los arrepentidos, sin embargo, luego de habernos hecho transitar problemáticamente por las contradicciones que implica el cambio género o de identidad en general, la obra sanciona en una proyección final la necesidad de una ley de género. Quizás ocurre algo similar con Painecur:pasamos de la potente paradoja cultural que implica la idea del sacrificio humano a la reivindicación de lo mapuche sin más.

Mientras seguimos pensando el teatro como un acto exclusivamente comunicativo, la demanda por entregar una opinión se apura y se apura interrumpiendo la experiencia estética que es otro modo de reflexión. Pero si pensamos el teatro como un arte que trabaja con materiales es allí donde la toma de posición se hace urgente y se demora y demora o simplemente no llega.

Quizás, aquella distinción entre tomar posición y tomar partido, que caracteriza a la segunda por su necesidad de aceptar una serie de supuestos que lo acompañan, sería un buen modo de distinguir entre la demora y el apuro. No se trataría de que la primera sea una cuestión individual y la segunda una toma de posición en bloque. Más bien cabría preguntarse de qué modo la toma de posición puede generar ella misma el bloque. Considerando, además, que la toma de partido es un gesto que la lógica capitalista es capaz de incorporar rápidamente. Y, una vez más, la distancia entre lo uno y lo otro sería la reflexión.

Estudió Cine y audiovisual, es Actor (IP arcos), Magíster en Artes con mención en Dirección Teatral y Dr. - PHD (c) en Filosofía con mención en Estética y Teoría del Arte (U. de Chile - Universität Leipzig, Alemania).